Preguntas tan complejas como esta, por lo general, sólo pueden tener una única respuesta acertada: depende. ¿De qué? De lo que se quiera aceptar y entender conceptualmente por “inteligencia”. De un tiempo a esta parte, nuestra cultura occidental ha aceptado como válida una estrecha correlación entre la inteligencia y los niveles que posee el denominado “ci” (Coeficiente Intelectual). No obstante, el tiempo ha demostrado que las clasificaciones que entrega el ci para la inteligencia son incapaces de explicar ámbitos muy relevantes del quehacer cotidiano de los seres humanos, como son nuestros comportamientos afectivos y/o motivacionales. A raíz de ello surgieron con fuerza conceptos como la Inteligencia Emocional, las Inteligencias Múltiples y la Inteligencia Social.

¿Qué determina el que la sociedad considere a alguien inteligente o no? La cultura. De eso dependerá el criterio con que se analice el tema.

Algunas definiciones actuales hablan de la inteligencia como “la capacidad de resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas” (Gardner, 1995), o como “la combinación selectiva de habilidades dirigidas a la adaptación efectiva al ambiente” (Goleman, 2006). En el fondo, el gran cambio de paradigma está puesto en que para ser considerado inteligente ya no basta sólo “saber”, sino que también cobra protagonismo el “hacer”. El inteligente pasaría a ser entendido como aquel que tiene la capacidad de “saber hacer”. Dicen por ahí que “la teoría salió a nadar y, sin la práctica, se ahogó”… De eso estamos hablando.

Pero, ¿qué determina el que la sociedad considere a alguien inteligente o no? La cultura. De eso dependerá el criterio con que se analice el tema. Por ejemplo, una persona “inteligente”, en el contexto de una plantación de arroz en China, será aquella capaz de obtener grandes cosechas con las cuales alimentar a su familia y quizás hasta comercializar lo que le sobre. Por contrapartida, un exitoso broker bursátil será considerado “inteligente” en Wall Street (Nueva York), pero perfectamente podría parecerles un verdadero estúpido a los campesinos chinos, porque en su entorno el corredor de bolsa no sabrá qué hacer con las semillas de arroz, una pala y un arado. ¿Quién vale más? Buena pregunta. Nuevamente, depende. ¿De qué? Del marco valórico aceptado en la sociedad que lo juzgue, es decir, de la moral colectiva y del mercado.

Si la moral imperante antepone el valor del dinero por sobre todas las demás cosas, serán considerados “inteligentes” todos quienes tengan la capacidad de generar mucha plata, pasando a un segundo plano el cuestionamiento de cómo y qué hacen para lograrlo… En este tipo de sociedades el narcotráfico y la prostitución infantil podrían llegar a ser considerados medios válidos, que se justifican porque permiten conseguir el fin que se persigue.

Resulta curioso ver de esta forma el tema de la “inteligencia”, ya que antes de poder hacer cualquier cosa es necesario definir qué considero como bueno o malo. Relativizar en temas morales lleva a no poseer ninguna postura ética (que a diferencia de la moral, no es social sino que de índole personal) y que todo sea válido de acuerdo a mi conveniencia. No me parece correcta esa falta de convicción y compromiso.

La problemática de la inteligencia pasa por muchos factores culturales y motivacionales de cada persona y la sociedad. Si los valores no están claros, perfectamente se puede considerar inteligentes a quienes podrían no serlo.

En el fondo, la problemática de la inteligencia pasa por muchos factores culturales y motivacionales de cada persona y la sociedad. Si los valores no están claros, perfectamente se puede considerar inteligentes a quienes podrían no serlo. ¿Cuál va a ser el criterio de aceptación? De nuevo la misma respuesta: depende de lo que cada uno quiera y valore en su vida como importante y deseable de cuidarse, protegerse y destacarse.

Kenneth Gent F.

Kenneth Gent F.

Ingeniero Civil, Magíster en Ingeniería Industrial. Gerente general de Momento Cero