La primera parte de esta columna [1] terminó con dos preguntas: ¿De qué manera fomentamos el “Espíritu Emprendedor” entre nuestros jóvenes? ¿Lo estamos acaso haciendo? A mi juicio, poco e insuficiente es el esfuerzo que se hace y, como consecuencia, precarios son los resultados que se cosechan.

¿Cuánto del presupuesto nacional en educación se destina al fomento del “Espíritu Emprendedor”? Los hechos cuentan, las buenas intenciones y palabras bonitas se las lleva el viento.

Si uno pregunta a alguien que le haya ido bien en la vida y se sienta feliz consigo mismo, qué tan importante han sido en su experiencia las habilidades ligadas al “Espíritu Emprendedor” como parte de sus virtudes personales (además de otras cualidades como ser “inteligente”, “educado”, “respetuoso”, “trabajador”, etc.), seguramente la respuesta será que sí, que ha sido importante.

Profundizando un poco más, uno podría realizar el esfuerzo de cuantificarlo y preguntarle: ¿de cuánto (en porcentaje frente a las demás virtudes necesarias) estamos hablando? ¿De un 5%, 20%, 40%, 60%, 75%?
¿Cuánto aproximadamente? Si pudiéramos cuantificar seriamente esta magnitud pienso que la discusión en torno a cómo mejorar la calidad de la educación tendría un nuevo aporte como antecedente fundamental. ¿Cuánto del presupuesto nacional en educación se destina al fomento del “Espíritu Emprendedor”? Los hechos cuentan, las buenas intenciones y palabras bonitas se las lleva el viento.

Independiente de las ideologías y paradigmas históricos, la educación debe estar al servicio del hombre, no al revés. Esto implica que la educación no puede ser estática e independiente de los procesos de cambio que la sociedad vive en cada época. Mi forma de entender una educación de calidad es a través del libre desarrollo y fomento de las habilidades personales que cada uno posee, lo que permite “conectarnos” de manera efectiva con el entorno y con nosotros mismos para responder al llamado de felicidad y trascendencia que cada quien conoce y cree correcto.

Ahora, si “nunca me entero” de que mediante mi esfuerzo y actitud de vida es posible marcar la diferencia en cuanto a los resultados y nivel de felicidad (éxito) que obtendré en lo que hago, ¿cómo podría ser un real aporte a la sociedad que me cobija? Éste debiera ser el foco de una educación de calidad, dispuesta al servicio del hombre y su felicidad plena. El éxito en la economía del conocimiento llega a quienes se conocen a sí mismos; sus fortalezas, valores y cómo se desempeñan

Si todos aprendemos a hablar, ¿por qué no podríamos aprender lo correspondiente a las habilidades de la cultura del emprendimiento y la innovación?

Profundizando más en la duda de si el emprendedor nace o se hace, hay un cuestionamiento que amerita reflexión: si todos aprendemos a hablar, ¿por qué no podríamos aprender lo correspondiente a las habilidades de la cultura del emprendimiento y la innovación?

El proceso cognitivo tras el desarrollo de habilidades del lenguaje es muy complejo. Sonidos diferentes viajan como ondas a través del aire y penetran a través de los oídos de receptores, que son capaces de construir ideas abstractas y concretas a partir de ello. O sea… ¡no me digan que no se puede aprender a emprender si hasta una persona con déficit o retraso mental es capaz de aprender a hablar! La diferencia se marca en que como sociedad hemos considerado “fundamental” que alguien hable, no así que emprenda o innove. ¿De qué manera fomentamos el “Espíritu Emprendedor” entre nuestros jóvenes? ¿Lo estamos acaso haciendo?

[1] Revista Momento Cero (Mo.O) N°14. Marzo-Abril 2008. ISSN 0718-3615. www.momentocero.cl[2] Drucker, P. 2005. Gestionarse a sí mismo. Harvard Business Review América Latina. Enero 2005 Reimpresión R0501K-E.

Kenneth Gent F.

Kenneth Gent F.

Ingeniero Civil, Magíster en Ingeniería Industrial. Gerente general de Momento Cero