Buena pregunta, compleja respuesta… Lo primero es establecer el marco que defina qué entendemos por “emprendedor” y qué características le otorgan tal condición.

El “Espíritu Emprendedor” debe considerarse una actitud de vida mediante la cual se beneficia a la sociedad, al incentivar el crecimiento económico, la competitividad y la innovación. Dichas razones justifican su promoción y valoración social. Las ideas de emprender e innovar tienen cerca de 100 años de antigüedad. Lo que hoy es moda, lo desarrolló el economista austríaco Joseph Schumpeter (1883-1950) en 1911, en su libro “Teoría del Crecimiento Económico”, obra en que expone de manera magistral la concepción cíclica e irregular del crecimiento de la economía [1].

El “Espíritu Emprendedor” debe considerarse una actitud de vida mediante la cual se beneficia a la sociedad, al incentivar el crecimiento económico, la competitividad y la innovación.

Comparto la postura que señala al “Espíritu Emprendedor” como algo que puede aprenderse, aunque no puede enseñarse como un método “técnico” [2]. No obstante, mucho hay de misterio en torno a este atributo “casi innato”, presente sólo en algunos.

A mi juicio, cinco factores fundamentales condicionan a una persona para poseer los hábitos culturales del denominado.

“Espíritu Emprendedor”: la historia de los ancestros, la formación del hogar, la educación secundaria y superior, el entorno social circundante y lo que uno mismo hace para su propia vida. Considero necesario reflexionar brevemente en torno a cada aspecto.

La historia de los ancestros: no puede ser casualidad que la correlación entre familias de inmigrantes y familias de emprendedores sea un factor tan habitual. A quienes descendemos de inmigrantes que tuvieron que huir de sus hogares en otros continentes a consecuencia de las guerras, enfermedades o el hambre, no se nos borra con facilidad la experiencia vital que nuestros antepasados nos legaron.

La formación del hogar: crecer viendo ejemplos paternos marcados por los valores de amar el trabajo bien hecho y ser testigo presencial de que mediante el propio esfuerzo sí es posible surgir en los distintos ámbitos de la vida es algo que marca. Enseñar con el ejemplo es una virtud que los padres transmiten a sus hijos.

La educación secundaria y superior: basta analizar cuántas horas de nuestra niñez y juventud transcurren en un aula para comprender el efecto potencial de influencia que existe en este sentido.

El entorno social circundante: no da lo mismo vivir en lugares donde se aprecia y respeta el valor del emprendimiento y la innovación que en otros donde, por el contrario, el “chaqueteo”, la envidia y el resentimiento son rasgos culturales muy arraigados entre la población.

Lo que uno hace: actuar proactivamente con la mirada puesta en “hacer que las cosas pasen” no se condice con la autocomplacencia, la resignación o la flojera. ¿Cuántos ejemplos existen de personas a lo largo de la historia que sólo con tesón y esfuerzo lograron cumplir sus metas sin tener ninguno de los cuatro primeros factores como “ventaja”?

Esta evidencia lleva a pensar que lo que marca la diferencia pasa por un problema de actitud frente a la vida y de autoestima. Quien no se elige para ser alguien dichoso y de éxito, aunque tenga todo para serlo, no lo logrará. Así de simple. ¿De qué manera fomentamos el “Espíritu Emprendedor” entre nuestros jóvenes? ¿Lo estamos acaso haciendo?

Actuar proactivamente con la mirada puesta en “hacer que las cosas pasen” no se condice con la autocomplacencia, la resignación o la flojera.

[1] Clarke, V. (2007). Emprender e Innovar. Columna de opinión en Economía. Revista del Colegio de Ingenieros de Chile A.G. Edición 183, julio – septiembre 2007. 
[2] Flores, F. (1994). El Espíritu Emprendedor. Artículo redactado a partir de la charla para los participantes del “Club de Emprendedores” (BDA, Bussiness Design Associates Chile) el 23 de mayo de 1994. Santiago. Chile.

Kenneth Gent F.

Kenneth Gent F.

Ingeniero Civil, Magíster en Ingeniería Industrial. Gerente general de Momento Cero